El ‘Bullying’ o acoso escolar es mundialmente conocido como un problema importante en las escuelas, poco a poco las instituciones educativas han ido promoviendo la defensa de los niños víctimas del bullying ofreciéndoles diversas opciones entre las que destacan la ayuda o asistencia psicológica, la orientación a los padres y las actividades de refuerzo de la autoestima.

Sin embargo, poco se habla de los acosadores y de cómo ayudarlos. La mayoría de los niños con características de los “bullies” suelen ser desestimados como tal. De hecho, es muy común que los padres crean, erróneamente, que sus hijos no están haciendo nada malo: “es solo una etapa”, “no le gusta compartir sus cosas” y hasta, “el otro niño se lo ha buscado”, suelen ser las excusas más comunes de los padres que no quieren aceptar que su progenie tiene un problema.

En este sentido, la negación del problema no es una opción, que un niño acose o maltrate a otro niño es síntoma inequívoco de un problema de autoestima y de socialización, que tarde o temprano va a terminar por afectar, de manera permanente, no solo a la víctima, sino también al acosador.

Atender las señales a tiempo es fundamental para la prevención y tratamiento del acoso.

 

Ahora bien, es necesario entender que el bullying incluye todas las formas de actitudes agresivas realizadas de forma intencionada y repetidas que ocurren sin motivación aparente. Estas agresiones no son exclusivamente físicas, sino también verbales, psicológicas y sociales.

En este sentido, como padres debemos estar atentos a indicadores psicológicos, sociales y escolares. Usualmente el indicador psicológico más relevante es la falta de empatía, en otras palabras, el niño es incapaz de ponerse en el lugar de los demás cuando se le pide reflexionar sobre su conducta. Incluso una vez que se le explica cómo se siente la otra persona parece distante o le resta importancia.

La incapacidad de seguir reglas básicas y la rebeldía ante las figuras de autoridad es otro indicador importante. Irrespetar las figuras de autoridad puede ser una forma de llamar la atención y demuestra agresividad. Además, esta actitud puede llevarlo a creer que su comportamiento no tiene límites, siendo incapaz de distinguir entre lo que quiere, puede y debe hacer.

Finalmente, otro de los indicadores más claros es que el niño disfrute insultando, mofándose o increpando a otras personas, de cualquier manera, bien sea inventando chismes o utilizando apodos despectivos o con intención de herir a otros. Esta práctica puede indicar la falta de remordimiento y de reflexión.

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